Siempre he tenido esa relación tensa con el cuento norteamericano, con el cuento que las camadas jóvenes de escritores suelen festinar. Con el punto seguido. Y la muerte de la subordinación. Pero como en toda categoría, y en un país tan grande como aquel, hay muchos exponentes que están lejos de las caricaturas.
Que el sufrimiento existe es uno de los principios de la filosofía budista. A lo largo del ángel en el tejado de Russel Banks se enarbolan distintas historias que miran el fracaso, -el del sueño americano neoliberal, de la familia feliz, del matrimonio, del futuro económico, del reconocimiento que conlleva el éxito- desde un ángulo llano, donde la mayoría de los protagonistas está en una posición suficientemente distante del fracaso como para comprender aquel principio del sufrimiento y sus raíces más profundas.
Como en un acto de sublimación del presente, estos seres frágiles abrazan la realidad y en medio del padecimiento asoma la lucidez y la profundidad del sentido de la existencia. Las verdades del fracaso.
Un hombre evoca a Sarah Cole, una mujer horrible de una clase inferior y vieja con quien tuvo un affaire que él interrumpe abrupta y violentamente. Él era joven y hermoso, exitoso, solitario. Rememora el deslumbramiento que esa fealdad y el desparpajo de ella le provocaban. Una conversación de pasillo en un centro comercial gatilla el dolor tardío, él la amó, quizás fue a la única mujer que amó en su vida.
El alcoholismo de un padre es rememorado por un hijo adulto en la culminación de su peregrinaje por las casas de su infancia, donde sobrellevó la violencia de los conflictos matrimoniales y el vicio. Un enorme pez mágico muere a causa del pánico que provoca al poder el agenciamiento popular y de la avaricia que este mismo agenciamiento provoca. Un matrimonio alcohólico que subsiste el invierno con una vaca asume el fin de su relación en una noche en el cementerio.
Así, varias historias se urden en torno a un proceso de agnición del sufrimiento provocado por el deseo desmedido y el consecuente discurso de la pérdida al cual se aferran las biografías. Sin embargo, el movimiento que distingue a este volumen de otros que versan con respecto al fracaso y que, a mi parecer, lo une al budismo y al oriente, es Djiin.
No es azaroso que el cuento esté justo a la mitad del libro. Djiin -de dónde surge el título El ángel en el tejado- es un hombre africano alienado que se pasea semidesnudo por la calle y atrae poderosamente la atención del protagonista, un trabajador norteamericano que tiene como tarea instaurar el modelo de trabajo de su empresa en áfrica. Este ser atractivo trepa un edificio desde donde mira a la gente que come en la terraza de un café, sus ojos llenos de compasión impactan en lo profundo al extranjero, que se conmueve de manera inexplicable con esta mirada y luego de presenciar la muerte del africano, termina contagiado de su acción hasta el punto de emular su acto rebelde de subir al tejado contra la ley, aún frente a la amenaza de la muerte.
Djiin es el símbolo del presente, de la vida del desapego, de la libertad que los márgenes y el estado primitivo otorgan a los hombres. Djiin es vivir sin miedo, sin proyectos, sin pasado. El espíritu inevitablemente contagioso y peligroso de la libertad.
El sufrimiento existe dice la filosofía budista. Pero siempre acaba. Banks está lejos de ser un optimista, sus historias y escenarios están demasiado al borde de lo irreversible, pero nos abre esa ventana a lo insondable, al aquí y ahora, sin más, a través de una prosa reflexiva con descripciones vívidas y envolventes.
Podría seguir escribiendo eternamente de este libro, pero ahora lo dejo ir. Espero que alguien más lo disfrute como yo.